Hay cosas que aprendemos sin darnos cuenta de que estamos aprendiendo.

Cómo se prepara el arroz en nuestra casa. Cuánta agua ponemos. Si primero sofreímos la cebolla o el ajo. Si medimos los ingredientes o lo hacemos «a ojo». La forma de cortar una fruta, de preparar una sopa o de saber que algo ya está listo simplemente porque reconocemos su olor, su forma…
Muchas de esas cosas las aprendimos observando.
Alguien cocinaba y nosotros estábamos cerca. Quizás nos dejaron ayudar, quizás simplemente observábamos. Con el tiempo, esas pequeñas formas de hacer se quedaron en nuestro cuerpo y comenzaron a parecernos naturales, como si siempre hubieran estado ahí.
Pero no. Alguien nos las enseñó.
Una receta también es una historia
En nuestro último encuentro virtual de dibujo la propuesta fue compartir y dibujar una receta que nos gustara.
Podíamos dibujar el resultado, representar el paso a paso, hacer pequeños esquemas o simplemente escribirla. Y, como siempre les digo en estos encuentros, no era una tarea. Si alguien no quería dibujar, también estaba bien.
Lo importante era detenernos un momento a pensar en una receta y compartirla.
Y como suele suceder, detrás de algo aparentemente sencillo apareció mucho más.
Hablamos de cómo las recetas cambian según el lugar donde vivimos, el clima, los ingredientes disponibles, nuestras costumbres e incluso el momento de la vida en el que estamos.
Ahora, por ejemplo, estamos en verano desde este lado del mundo y parece que el cuerpo pide otras cosas. Preparaciones frescas, frutas, bebidas, sopas frías… No es casualidad que los alimentos y las formas de cocinarlos también estén relacionados con el lugar que habitamos.
Una receta habla de un territorio.
Pero también habla de las personas.
Puede llevar el nombre de una abuela, de una amiga, de un país, de una celebración. Puede recordarnos una cocina determinada, una mesa alrededor de la que nos reuníamos o incluso una época de nuestra vida.
Por eso me interesa pensar en la comida como memoria viva.
Lo que se transmite cuando cocinamos
Cuando hablamos de patrimonio cultural solemos pensar en grandes monumentos, edificios, obras de arte o acontecimientos históricos. Sin embargo, también existe un patrimonio mucho más cotidiano, que vive en nuestros gestos y en aquello que hacemos repetidamente.
Las recetas son parte de ese patrimonio.
No solo transmiten ingredientes y cantidades. Transmiten maneras de hacer.
Una persona puede enseñarnos a cocinar un plato y, al mismo tiempo, enseñarnos algo sobre paciencia, sobre cuidado, sobre aprovechamiento, sobre celebración o sobre cómo recibir a alguien en casa.
Incluso las medidas pueden contar una historia.
«Un poquito».
«Hasta que tenga este color».
«Lo suficiente».
«Como para cuatro personas».
Hay recetas que no podrían escribirse completamente en un libro porque dependen de los sentidos y de la experiencia. Sabemos que la masa está lista porque la sentimos. Sabemos que el guiso necesita unos minutos más porque lo hemos visto muchas veces.
Ese conocimiento también es conocimiento.
Y quizás por eso me gusta tanto que una receta pueda convertirse en dibujo. Al dibujarla, dejamos de verla únicamente como una lista de instrucciones y comenzamos a observarla de otra manera: los ingredientes, los colores, los utensilios, los movimientos, las personas que aparecen detrás.
Compartir también es una forma de conservar
Las maneras de transmitir estos saberes han cambiado muchísimo.
Antes quizás una receta viajaba principalmente de una cocina a otra, de una generación a la siguiente. Hoy puede viajar en una fotografía, en un mensaje de WhatsApp, en un vídeo de YouTube o en una publicación de alguien que cocina desde otro lugar del mundo.
Pienso que lo interesante no es decidir cuál de estas formas es mejor, sino observar cómo esos saberes continúan moviéndose.
Hace unos días, por ejemplo, pensaba en esos vídeos de personas que cocinan recetas tradicionales. No solo aprendemos qué ingredientes utilizan. También vemos sus manos, escuchamos su voz, conocemos un poco de su forma de habitar la cocina.
La receta deja de ser únicamente una preparación.
Se convierte en un encuentro.
Y eso es precisamente lo que me gusta de nuestra pequeña comunidad: que una propuesta tan sencilla como «dibujar una receta» pueda hacer aparecer historias que probablemente no habríamos contado de otra manera.
Nuestro pequeño recetario
En el encuentro aparecieron recetas muy diferentes: un preparado con queso quark y frutos rojos que nos compartió David, gazpacho, una sopa fría de pepino, aguacate y manzana, y tzatziki, entre otras.
También aparecieron dibujos preciosos y, especialmente, ese tipo de pequeños detalles que hacen que una receta deje de ser anónima.
En Patreon pueden ver las recetas completas, los dibujos que compartimos durante el encuentro y algunas fotografías de los recetarios que aparecieron en nuestra conversación.
Explorar la comunidad en Patreon
Y si forman parte de la comunidad, pueden seguir alimentando este pequeño recetario colectivo: compartan en los comentarios alguna receta que les guste, que hayan aprendido de alguien o que simplemente les recuerde a un momento especial.
No tiene que ser una receta sofisticada.
Puede ser el arroz que hacen casi sin pensar.
La bebida que preparan cuando hace calor.
El plato que alguien les enseñó cuando eran pequeños.
O esa preparación que siempre hacen de una manera que nadie más entiende.
Porque quizás conservar una receta también sea una forma de decir:
esto lo aprendí de alguien, esto forma parte de mí y ahora quiero compartirlo contigo.
Un abrazo y que tengan un lindo día, desde el lugar del mundo que cada uno habita.
Stefany

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